29 de julio de 2010

España y olé

Ayer cataluña prohibió la fiesta nacional, o como solemos llamarlo vulgarmente, los toros. Y ya se ha liao parda con ello. Voces a favor, en contra, y las peores de todas, las radicales, están montando en cólera.
Personalmente, creo que en este momento hay muchísimas cosas más importantes en qué pensar, como la crisis económica en la que se han propuesto los políticos que estemos mucho, mucho tiempo, pero tampoco hay que obviar que este debate, el taurino, está en la calle desde hace muchísimo tiempo y sobre el que siempre hemos pensado que, al ser una tradición tan arraigada, siempre estaría ahí y nos tendríamos que morder las uñas.
A mí, personalmente, me resulta bastante repugnante como español que uno de los símbolos de mi país sea una salvajada tan humillante para los animales, por no decir que es un auténtico acto de barbarismo propio de muchos siglos atrás. No es el acto de que el animal muera (pues anda que no habrá animales siendo asesinados en este momento para que nosotros nos los comamos cómodamente), sino el simple acto de barbarismo y humillación públicos, y que encima sea algo subvencionado por ser de interés popular o que se emita en prime time en televisión.
Desde que puse en mi estado de Facebook no hace muchos días que me alegraba de la prohibición, he visto muchísimas reacciones de toda índole. La más interesante (pero totalmente legítima), la de que no está bien prohibir porque es cohibir las libertades de gente a la que le puede gustar por parte de mi amigo Jose. Y eso a mí me ha llevado a plantearme: ¿dónde está el límite de las libertades en ese sentido?. La lógica de semejante afirmación la entiendo, pero en este caso no puedo compartirla. Estamos hablando de asesinatos a sangre fría y en público. Y esto lo extiendo a cualquier variante festiva nacional como tirar cabras por los campanarios o los sanfermines.
No hay que olvidar de todos modos que los toros están ya prohibidos hace tiempo en las Islas canarias, y desde luego no ha habido tal repercusión mediática como ahora, y es que además estamos hablando de Cataluña, ese país independiente del norte que tantas ganas tiene de separarse del resto de esa España nuestra. Y eso provoca muchas pupitas de orgullo y crispa aún más.
Hay mucho, mucho interés político (siempre la maldita política, parece que en este país no sabemos de otra cosa) detrás de esta sentencia que no comparto en absoluto, porque una vez más es un juego de armas arrojadizas dañinas que hay entre los distintos partidos (el PP, como siempre, se luce haciendo declaraciones de comenzar una lucha para blindar la fiesta nacional en el resto de la península), y además solamente se han limitado a los toros, cuando en la propia Cataluña tendrían que mirar a otra serie de costumbres que no se han prohibido, como el Bou embolat). Pero hay que mirar más allá de eso, y yo quiero quedarme con lo que, a mi parecer, es lo más importante: se ha sentado un precedente de peso para poder parar los piés a un repugnante y vomitivo negocio que sigue en pie a causa del maldito dinero (sobre todo en el sur del país) y que está dando una imagen de España desde hace no sé cuánto tiempo una imagen poco menos que lamentable. Ah, y que todo esto que ahora ha acontecido surgió de una iniciativa popular, aunque posteriormente hayan entrado muchos más elementos en la ecuación.
La fiesta nacional no es mi fiesta y nunca lo será. Como a mí me gusta siempre recordar: Donde esté una buena corrida, que se quiten los toros. Amén.

12 de julio de 2010

Yo soy español

A menos que vivas en la cima del Himalaya o en medio del Sahara, es imposible que no te hayas enterado de que España se coronó ayer, por primera vez en su historia, como campeona del mundo de fútbol. Desde ayer, España es un auténtico fiestón rebosante de jolgorio, alegría y felicidad a raudales, algo que va a seguir sucediéndose en los próximos días. Y yo, personalmente, me alegro muchísimo y de todo corazón porque han hecho (según me han contado y lo que he visto) un gran mundial. Ayer, desde luego, sí que vi buena parte del partido y me pareció que lo hacían realmente bien.
No obstante, este no es un post para autocomplacerme por la victoria de la selección de fútbol de mi país, sino para mostrar mi total desacuerdo ante el fanatismo extremo al que me he visto sometido y del que he sido víctima en el último mes, demostrando que si bien el deporte puede unir mucho a la gente, también puede hacer sacar lo peor del ser humano: la falta de respeto a los gustos (o no gustos) ajenos. Y que conste que soy consciente de que no todo el mundo es así, afortunadamente. De lo contrario sería para pensar en suicidarse.
Partamos de una base muy sencilla: no me gusta el fútbol. Eso me pasaría siendo español, francés, estadounidense, japonés, sudafricano o hindú. Vamos, que sencillamente no disfruto del fútbol y listo. Nunca lo he hecho. Jugaba de pequeño en el colegio por aquello de socializar y porque parecía que si no lo hacías eras un apestado (aunque reconozco que tuve mi año futbolero gracias a la serie Campeones, y no creo que esto tuviera que ver por mi pasión con el fútbol precisamente). De mayor, poco ha cambiado.
En mi empresa, todo el mundo se preparaba para los partidos de la roja con una evidente emoción que, personalmente, envidiaba porque yo era incapaz de sentirla. Posters de la selección en la cocina, camisetas colgando por la oficina... y yo, en los debates de cafetería del día a día, me limitaba a decir simplemente que el fútbol me era indiferente y que, honestamente, lo que deseaba era que ganara el mejor equipo, sin importarme si era España o no ese equipo, pero dejando claro que sí me alegraría enormemente por la selección, algo que afortunadamente así ha sido.
No bastó manifestar una opinión tan personal y, a mi gusto, coherente con mi forma de ser. Si eres español pero no demuestras pasión por tu selección, eres un mal patriota y un separatista. Por no hablar del freak o del amargado. Todo eso soy. Y la gota que colmó el vaso fue cuando se me dijo que mi vida era muy triste cuando dije sin ningún pudor que no había visto el partido de octavos de final porque prefería irme de compras y a cenar con mi chico aprovechando que todo estaría vacío. Es lo que me faltaba por oír.
No obstante y pese a todo, entendí perfectamente que lo de ayer era una situación excepcional, única e histórica, y por ello ayer se juntaron en mi casa un buen porrón de amigos para ver la final. Yo ví también el partido vistiendo una camiseta roja, que no la roja, para empalizar con mis amigos. Y disfruté del encuentro y de la ocasión, aunque la verdad es que preferí invertir buena parte del tiempo del encuentro preparando una barbacoa de carne y bebidas para mis amigos. Y, por supuesto, al acabar el partido nos fuimos a la plaza más cercana a disfrutar del ambiente de euforia nacional que se respiraba. Porque la primera regla de la empatía es que las emociones se contagian, y esta no era una excepción.
Pero no puedo evitar, una vez más, al llegar a la oficina, sentirme aislado y marginado solo porque el fútbol me la trae al fresco. Las mofas se suceden (“Dani, ¿te has enterado que ha ganado España?”) y no importa cuan natural intente mostrarme. Señores, que me alegro muchísimo de que haya ganado España, y más con el partidazo que hicieron ayer frente a unos holandeses que lo único que hacían era practicar el juego sucio. Realmente me alegro. Pero también dejo bien claro que si Holanda hubiera jugado mejor y, por ende, ganado, yo hoy no sentiría la mínima punzada en el pecho ni ningún tipo de desdén.
Separatista. Freak. Antipatriota. Simplemente raro. Así soy por no gustarme el fútbol por todos aquellos que no son más que capaces de mirarse al ombligo. Pues yo les digo a ellos: por favor, aprended a discernir una cosa de la otra. Estoy muy orgulloso de ser Español, de muchas de sus costumbres y de su forma de ser y vivir la vida. De otras, ni de coña. Y en lo referente al deporte, todo se queda en ese ámbito.
Yo soy español, español, español. Es lo que más se escucha hoy. Yo lo soy, y de pura cepa. Y no necesito ponerme ninguna camiseta roja ni meterme en una fuente para demostrarlo.

18 de junio de 2010

Final Fantasy XIII

Hace ya tiempo que quiero hablar de la última entrega de mi saga de videojuegos favorita, Final Fantasy, pero he preferido esperar a terminármelo debidamente, además de completar todas las sub-misiones más importantes (que es realmente donde en todos los Final Fantasy se encuentra la gracia) para comentarlo por estos lares.
La larga espera de la transición a las videoconsolas de última generación, puedo decir, ha merecido la pena: Final Fantasy XIII para Playstation 3 luce una calidad gráfica en 1080p realmente ESPECTACULAR, sobre todo en las escenas generadas por el impresionante motor gráfico que se ha creado expresamente para ello, y no hablemos ya de las que están generadas de forma pre-renderizada, superando quizá la calidad de la famosa película Final Fantasy: La fuerza interior. Lamentablemente, en los decorados generales, y sobre todo en el de las batallas, encuentro poca riqueza visual, posiblemente sacrificados para poder ofrecer la ya citada Full HD. Aún así, nos encontramos ante un título de una calidad gráfica apabullante que ya quisieran muchísimos juegos, pero que en riqueza ya es superado por muchos (¿Alguien dijo Assasin’s Creed?).
La historia es posiblemente lo más interesante del juego, una mezcla extraña entre elementos de ciencia ficción en un entorno futurista que contrasta con otro mundo completamente salvaje y místico, y todo ello envuelto de una mitología que me recuerda terriblemente a la de los dioses griegos y sus vasallos, o incluso si me apuráis, a la de los Valar de Tolkien.
Brevemente: En un mundo llamado El Nido, gobernado por el Sanctum, que a su vez son sirvientes de unos seres superiores (o semidioses) llamados Fal’cie, la población vive atemorizada ante una posible invasión del mundo que yace bajo ellos, Paals, cuyas leyendas dicen que se trata del infierno, tal y como pasara miles de años atrás. Este otro mundo, Paals, también está dominado por otros Fal’cie, con lo cual tenemos dos mundos con dos bandos bien diferenciados regentados por los mismos seres. Pero nadie realmente sabe nada de qué es Paals ni quienes son los Fal’cie, guiados únicamente por lo que el Sanctum. Con esta premisa comienza la línea argumental: un Fal’cie de Paals es encontrado en una ciudad costera del Nido, e inmediatamente toda la población es evacuada en lo que se denomina “La purga”, porque los Fal’cie poseen un poder terrible, que es poder escoger a los humanos que tienen cerca como sus sirvientes marcándoles con una maldición, y transformándoles en seres llamados Lu’cie. Cuando un humano es transformado en Lu’cie, este recibe una serie de imágenes en la cabeza, que es nada menos que una misión que el Fal’cie les ha encargado cumplir. Para ello, reciben el don de la magia. Sin embargo, convertirse en Lu’cie es poco menos que una enfermedad terminal, porque en caso de no cumplir la misión del Fal’cie, se convierten en terribles monstruos y, en caso de sí cumplirla, se convierten en cristal para (supuestamente) recibir la vida eterna. En todo caso, el volverse un Fal’cie es algo terrible.
Entre la gente de esta purga, un auténtico asesinato encubierto por el Sanctum, se encuentran Lightning, Snow, Sazh, Hope y Vanille, que junto a la que se unirá posteriormente al grupo, Fang, son los protagonistas de la historia.
Todos nuestros personajes, al poco de comenzar el juego, acaban transformados en Lu’cie y comienzan un viaje intentando entender su misión y el sentido de cumplirla, porque (al menos al principio) también son enemigos de Paals y no quieren traicionar a su mundo, el cual les considera proscritos peligrosos. Las historias entrecruzadas de los seis personajes principales son muy distintas entre sí, y algunas francamente apasionantes, sobre todo las que conciernen a Fang y Vanille (offtopic: ¿no os parece que ambas son pareja?).
Pero para mí, la verdadera revolución de este Final Fantasy se encuentra en su intuitivo, adictivo y dinámico sistema de batalla basado en formaciones. Si bien la inteligencia artificial de los personajes que no controlamos directamente (solamente controlamos manualmente al “lider” del grupo) es a veces un poco errática (¡la de veces que he tenido que cambiar de formación porque mis personajes estaban atacando a un objetivo que no debían!), lo cierto es que la supresión de los famosos 99 niveles de fuerza a “simplemente” cinco, pero en el que hay que desarrollar los 3 roles principales de cada personaje, dejando los otros 3 para las fases más avanzadas del juego, engancha muchísimo. Básicamente, en FFXIII los personajes pueden desempeñar 6 roles: Castigador (Realiza ataques físicos únicamente), Fulminador (Realiza ataques mágicos únicamente), Protector (Recibe los impactos con una importante reducción de daño tanto para sí mismo como para sus compañeros), Sanador (Realiza tareas de curación y estados alterados negativos), Inspirador (Aplica estados alterados positivos al grupo) y Obstructor (Lanza estados alterados negativos al enemigo), y estos roles pueden intercambiarse entre los personajes que tengamos en la batalla, pudiendo hacer un máximo de 6 formaciones diferentes que podemos cambiar en cualquier momento de la batalla según lo requiera. Por ejemplo, si tenemos un equipo con dos castigadores y un fulminador, estamos hablando de una formación 100% ofensiva, pero que nos deja “en pañales” en caso de tener que curarnos o aplicarnos estados beneficiosos. Por eso tenemos que crear las formaciones adecuadas: Lo ideal es crear 6 formaciones que tengan una parte 100% ofensiva, una parte intermedia entre ataque y defensa, y otras que nos permitan sanar nuestras heridas o estados alterados. Aunque en las fases más avanzadas del juego hay que usar formaciones de batalla especializadas (como por ejemplo, 3 protectores para poder sobrevivir a demoledores ataques, o 3 sanadores para recuperarse rápidamente de estos), la mayor parte del juego utilicé estas 6 formaciones:
- Ataque implacable (Castigador + Castigador + Fulminador)
- Ataque delta (Castigador + Protector + Fulminador)
- Tántalus (Castigador + Fulminador + Sanador)
- Lakshmi (Sanador + Protector + Sanador)
- Denuedo (Protector + Inspirador + Sanador)
- Perseveración (Obstructor + Sanador + Inspirador)
Así, entre formaciones, aumentos de poder, el siempre interesante juego de la mejora de armas y accesorios, además de las miles de protecciones mágicas, físicas, elementales, y su reverso para el ataque, volvemos nuevamente a la salsa de los Final Fantasy: el pasarse horas y horas optimizando y mejorando personajes, para poder tenerlos preparados para duras batallas.
¡Ah, y que no se nos olviden los Eidolones o las famosas invocaciones, que pese a haber perdido utilidad no dejan de ser francamente espectaculares!.
Sin embargo, no todo podía ser bueno en el juego, y pese a darle un merecidísimo sobresaliente, tiene  un punto negro que aún no he conseguido comprender por parte de los desarrolladores: la supresión casi total de moverse con libre albedrío. En la mayoría de los Final Fantasy, la libertad de movimientos era casi total (exceptuando quizá Final Fantasy X, aunque este le supera con creces), pero aquí es, literalmente, pasar fases una detrás de otra de forma prácticamente lineal, sin apenas desvíos en el camino. Solamente cerca del final se nos permite estar por un mundo “libre”, pero que tampoco permite mucha libertad de movimientos. Y, aquí estando una de las mayores desgracias, nos encontramos con que no podemos visitar los escenarios anteriores. El único gran aliciente cuando te has terminado el juego (que te permite proseguir tras acabarlo, y de hecho solo cuando te lo has acabado puedes llegar a las fases de desarrollo más avanzadas) es un juego de misiones de derrotar poderosos enemigos, para lo cual hay que llevar tanto la fuerza de los personajes como la destreza a la hora de combatir al límite), pero una vez has terminado, se acabó. Eso sí, conseguir todos los trofeos del juego es un reto verdaderamente apabullante por su gran dificultad, pero no imposible.
La música, pese a estar muy bien, sigue (a mi parecer) lejos de la calidad que tenía la de Nobuo Uematsu.
En definitiva, debo decir que esta primera entrega de Final Fantasy XIII (que tendrá más juegos basados en este apasionante mundo, como el anunciado FF Version XIII) me ha encantado a nivel argumental, pese a que tiene  un final realmente decepcionante por lo ambiguo del mismo, y sobre todo me ha fascinado en su sistema de batalla y en lo espectacular de su diseño de personajes y la mitología del Nido y Paals, pero me ha sabido a poco por esa linealidad incomprensible que le han dado sus creadores.
Realmente creo entender el por qué ha habido un cambio tan brusco en ese sentido: el hacer el juego más comercial, más cercano a usuarios que no les va tanto eso de los RPG. Solo así se entiendo que se haya metido como cantante principal del juego a Leona Lewis, My hands, en un tema bastante bonito pero que nada tiene que ver con su equivalente japonés, y que no pinta absolutamente nada en el momento en que hace acto de presencia.
En todo caso, es de adquisición obligada y un perfecto ejemplo de que un diseño artístico de primerísima categoría puede superar ampliamente a cualquier superproducción de Hollywood aunque sea dentro de un videojuego.
Os dejo con un video en una parte avanzada del juego, concretamente la de un enemigo extremadamente poderoso (creo que de lo más difíciles de derrotar), llamado Long Gui, con el cual podréis haceros una idea de lo que he comentado más arriba de las estrategias de formaciones.
¡Que llegue ya el Versus XIII!.
Un abrazo.

25 de mayo de 2010

El final de un mito: LOST



ADVERTENCIA: Contiene SPOILERS a mansalva del final de la serie

Seis años. Seis años han transcurrido ya desde que conocimos a los pasajeros del Oceanic 815 estrellándose en la misteriosa isla que ha sido el epicentro de una de las series que está llamada a convertirse en unos de los mitos de referencia de este aún joven siglo 21. No digo nada nuevo si afirmo, como ya se ha dicho en miles de sitios, que ni es la mejor realizada, ni la que mejor argumento tiene, ni la que más coherencia argumental. Tampoco destaca en la labor de los actores, donde los poquísimos que sí saben actuar se comen a los demás con patatas fritas (claros ejemplos de Terry O’Quinn, Locke, o Michael Emerson, Ben). Pero si hay algo que Lost jamás ha hecho es dar al espectador una respuesta plana ni clara, alimentando así la posibilidad de crear teorías acerca de su desarrollo a cada cual más disparatada o increíble. Y ahí, precisamente, radica la enorme fuerza que despide.


Hace dos días, Lost llegó a su fín de un modo que, personalmente, no me esperaba pero cuya posibilidad sí contemplaba. Y pese a mi (muy breve) desconcierto inicial, comencé a entender el propósito y, por ende, mensaje final que pretendía transmitirnos. LOST no es una serie que va sobre unos Robinsones en una isla. Tampoco es una serie sobre dos dioses jugando a un juego. Tampoco tiene nada que ver con una comunidad científica que estudia las fuerzas del electromagnetismo. Lost es una serie que habla de la redención, de la aceptación de la mortalidad como único destino posible, y de la enorme importancia del amor, de recordar lo vivido con la gente que queremos a lo largo de nuestra existencia. Siempre, desde el principio mismo de la serie, se nos ha presentado con todo lujo de detalles las vidas de unas personas (perdón por lo facilón del adjetivo) perdidas que encuentran en ese lugar, ese momento, y junto a esas personas, un sentido nuevo de vivir y una nueva oportunidad para claudicar y volver a empezar.


A favor, sin duda, tenemos una narrativa que, por su naturaleza desconcertante y poco ortodoxa, nos ha alimentado la adrenalina hasta extremos insospechados. También está el hecho de que (para bien o para mal) por lo estirado de muchos episodios, hemos conseguido conocer a todos y cada uno de los personajes principales de una manera extremadamente íntima, casi hasta el punto de considerarles familia. No hay que buscar mucho para encontrar la empatía en los rasgos emocionales o psicológicos de estos personajes, siendo al final el más importante de ellos el de Jack Shepard, que se erige como el epicentro de las ¿conclusiones? a las que hemos llegado en estos seis años.


En contra, vuelvo a mencionar la narrativa, que por su naturaleza desconcertante y poco ortodoxa, se ha saltado todas las reglas de la lógica, se ha pasado por el forro toda coherencia argumental en buena parte de la serie, y lo más importante, ha sido extremadamente tramposa con el espectador. Tampoco ha ayudado el que la mayoría de los actores de la serie sean malos con avaricia, con especial mención a Harold Perinneau (Michael), Jorge García (Hugo), o Emilie de Ravin (Claire), por poner solo un mínimo ejemplo. Eso hace que otros actores serios como los ya citados O’Quinn o Emerson parezcan dioses a su lado. También está el constante cambio de género que ha experimentado, temporada por temporada, la serie. Un batiburrillo de La isla del tesoro, Depredador, La isla del Dr. Moreau, La momia o Autopista hacia el cielo mezclada con la novela rosa más empalagosa posible de Danielle Steel.


Pero, sin ganas de seguir centrándome en aspectos positivos o negativos, y ya entrando en una reflexión final y definitiva, debo decir que personalmente LOST me ha parecido una serie de esas que hacen época y MARCAN. Una serie con la que me quedo y guardo en el corazón por los buenos momentos que me ha hecho pasar durante todo este tiempo. Porque no me siento insultado (pese a lo bonito que queda decir que los guionistas no me han tomado por tonto dándome respuestas obvias), ni vilipendiado por la conclusión a la que ha llegado la serie. Es más, diría que encaja perfectamente con mi dogma y forma de entender la vida. Sí, señores, hablo de una superficial y banal serie de televisión, soy consciente de ello.


Aceptar el final de Lost, con sus incongruencias, faltas de explicaciones (echo de menos una mayor profundidad en la mitología de la isla, y las reglas entre Jacob y su hermano), implica tener fe. En intentar dilucidar lo que no es evidente ni palpable. En fiarte de la buena fe de los guionistas en lugar de echar pestes por no haber hablado más del humo negro, de la estatua de los cuatro dedos, de la maldición de los números, o de las visitas de Jacob y Richard fuera de la isla.

El final de Lost es un final que invita a la reflexión, a reconfortar el alma, y a que tengamos presente los principios básicos del budismo: que el sufrimiento existe, que este sufrimiento lo produce el apego al deseo, y que liberarse de él solo puede lograrse mediante la adquisición de la sabiduría, la moralidad y el pensamiento. Si lo pensamos con calma, es así (y por cierto, esto último no sale de ninguna de los extremistas comentarios que hierven en Internet desde ayer).

En definitiva, y realizando nuevamente un acercamiento personal, considero que LOST es una de las mejores series que he podido disfrutar en la vida y que, aún siendo consciente de sus enormes fallos, me quedo con sus enormes virtudes. Lo digo con convencimiento y sin ganas de autocomplacerme ni conformarme. Porque yo soy un hombre de fe.


¿Sois hombres de ciencia, u hombres de fe?


Hasta siempre, LOST.


4 de mayo de 2010

Lost-calizaciones

Por fin llego a uno de los puntos fuertes a mi ya de por sí espectacular visita a Hawai: las Lost-calizaciones o las localizaciones de una de mis series favoritas, Perdidos, que por cierto en unos días toca a su fin definitivo, tras lo cual haré una exhaustiva review de la serie al completo. Tenía ganas de escribir esta entrada, pero quería hacerlo con un poco más de calma pues hay mucho que contar. No obstante, intentaré no ser demasiado plomizo ;). Ah, y eso sí, el que avisa no es traidor: hay SPOILERS de las 6 temporadas en las siguientes páginas, eso sí, solo hasta la emisión actual en USA.

Para empezar, desde que volví de allí ya no veo cuando veo Lost ni la isla, ni Los Angeles, ni Korea… solamente veo Hawai allá donde mire. Y es que, además, es bastante evidente: no hay más que ver las palmeras, el verde, el clima en general para darse cuenta de que las zonas urbanas, salvo si están muy retocadas (como es el caso de las veces que se muestra Londres o Berlín), son indudablemente Honolulu o Waikiki.


En esta foto podéis ver una iglesia enfrente del ayuntamiento de Honolulu bastante bonita, pero que además fue utilizada para recrear el falso Oxford en el que se encuentran Desmond y Daniel Faraday. Lo gracioso es que en la serie degradaron incluso el color de la fotografía para hacerlo más frío, además de cubrir bien tapados a todos los actores y extras. En realidad, se estaban muriendo de calor. ¡Solo mirad cómo estoy yo en la foto de arriba…!.

No es el único sitio: prácticamente cualquier zona urbana que aparece en Lost está rodada en Honolulu y Waikiki: desde las calles de Los Angeles, las comisarías, y un largo etcétera. Por poner más ejemplos:


En la foto que veis arriba tenemos el puerto donde Ben va a visitar a Desmond y Penny en la quinta temporada. Es el mismo puerto que se supone ser el de Los Angeles, y en realidad es un puerto que está en la avenida de Ala Moana, que comunica Waikiki con Honolulu. También es el escenario en la sexta temporada donde Desmond tiene un accidente con el coche junto a Charlie.


Aquí tenemos una escena de la sexta temporada… está claro que se ha rodado en la playa de Waikiki, por mucho que intenten planos cercanos de los personales y desenfocar el fondo.

Y podría seguir, pero no quiero seguir spoileando: básicamente, decir que cada rincón de estas dos ciudades es como estar metido en Lost, vayas donde vayas. De hecho, el primer día que llegamos nos encontramos cara a cara con el actor Titus Welliver, que da vida al misterioso hombre de negro. No hablé con él: el hombre estaba haciendo deporte y me dio bastante palo interrumpirle.


Pero donde realmente tenemos los decorados más espectaculares es cuando salimos de la zona urbana. Comenzamos por uno de los parajes más bonitos de Oahu: el rancho Kualoa, situado en el extremo noreste de la isla. Este rancho, que además ha sido escenario de otras películas muy conocidas como la mítica Jurassic Park o Godzilla (esta no tan mítica, jaja) entre otras, es en realidad un enorme complejo natural utilizado para rutas, senderismo, equitación, etcétera. El sitio es realmente precioso, y el Tour de películas es bastante barato. Eso sí, en general es bastante pobre por lo cutre del recorrido. Eso sí, es visita obligada aunque sea solo para disfrutar de las vistas.


En este rancho se graban prácticamente la totalidad de los exteriores en el interior de la isla, así como escenas de acceso a estacines Dharma como bien podéis ver en la foto de abajo.


Si desde ahí nos íbamos al oeste, llegábamos a la playa de Mokuleia, un auténtico paraíso natural y escenario clave de Lost: la playa donde se estrellaba el Oceanic 815. Allí estuvimos un rato deleitándonos con las vistas, con la sensación de estar en la isla y, eso sí, un poco molestos con el viento y la arena que soplaban realmente fuerte.



Desde luego, y como podéis ver en las fotos, el sitio realmente era de esos de ensueño.


Pero nos faltó una última sorpresa: al irnos de allí (la playa está junto a una carretera casi sin coches y donde se puede aparcar perfectamente), nos encontramos de bruces y sin esperarlo con el Campamento Erdman, también conocido como Dharmaville o el poblado de Los Otros.


Resulta que este campamento de Boy Scouts (sí, es lo que es) se ha hecho tremendamente popular entre los fans de Lost, como era de esperar, y todo aquel que desea visitarlo solamente tiene que registrarse. Se pide, eso sí, que si hay niños por la zona se procure dejarlos fuera de la foto, y también aceptan una donación voluntaria. La pagamos gustosamente, unos 10 dólares por pasear a nuestras anchas por la zona.


Estas localizaciones las vimos entre los dos días que estuvimos paseando por Oahu, y fueron toda una experiencia no solo por el efecto Fan, que evidentemente disparó nuestras emociones cuando estabamos in situ, sino porque te das cuenta de lo espectacular que puede llegar a ser Oahu y por qué eligieron rodar en esta maravillosa isla.


Uno de los días, al volver a Waikiki, nos paramos en uno de los restaurantes de la zona más animada de la ciudad, y disfrutamos del visionado semanal del episodio de Lost mientras cenábamos, tomábamos una copita y disfrutábamos en HD y con control de volumen en la propia mesa de las escenas de nuestra serie favorita.



En verdad, ha sido una experiencia inolvidable.

Un abrazo.